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Síndrome de Burnout
María Dolores Peris. Catedrática de Sociología - Universidad de Barcelona.
14.07.2003 enviar artículo imprimir página




La descripción que se ha ofrecido bajo la etiqueta de síndrome de Burnout se puede analizar desde diferentes niveles, entre los que se ha optado por revisar los efectos directamente detectables y hasta ahora demostrados, en espera de los resultados de los análisis que se están realizando a nivel neuroinmonológico.

Las leyes que explican como el trabajo que impide evolucionar provoca tedio y que tanto su mantenimiento forzado como el forzar la atención hacia un gran número de tareas diversas incrementa la fatiga, y las leyes que explican como el trabajo en condiciones de fatiga genera stress, han sido unas de las mejor y más ampliamente demostradas en psicología experimental.

Por ello la redenominación de estas viejas y bien conocidas relaciones con el neo-anglicanismo Bournout en el momento en que se evidenció la subida de las tasas de stress laboral por encima de todos los estándares, siendo que semejantes incrementos estadísticos evidencian la acción de factores causales, que en este caso orientarían la investigación hacia las condiciones y contextos en los que aparecen estos signos de fatiga laboral o la obligación de trabajar en tales condiciones de fatiga por periodos prolongados, no deja de provocar la sospecha de que se intento eludir la indagación de tales factores causales al impedir con la nueva denominación que apelaba a un nuevo fenómeno, las comparaciones con las tasas previas de los mismos indicadores.

De hecho los experimentos para obtener la capacidad de resistencia del efectivo humano son los que iniciaron la investigación tanto en Psicología como en Pedagogía, aunque las evidencias empíricas se remontan a los más ancestrales tiempos en los que el coste de un esclavo convenía no destruirlo sin obtener el máximo rendimiento, como principio económico por el que se optimiza la amortización de cualquier inversión laboral. Fue precisamente con la acumulación de resultados de los estudios experimentales en torno a tal interés como nacieron estas ciencias, a las que pronto les aplicaron el principio de "divide y vencerás" para que no pudieran relacionarse las causas (sociológicas, políticas, educativas o culturales) con las consecuencias (psicológicas o económicas).
Sin embargo la historia de la población siempre se ha beneficiado de los encuentros multidisciplinares, por lo que intentaremos deconstruir esta nueva denominación de un no tan nuevo efecto, desde la integración psicosociológica, que evidencia como los conocidos efectos psicológicos de la fatiga y el stress laboral es lo que se ha rebautizado con el término Burnout.

Y no tratándose por tanto de ningún fenómeno que no se conociera mucho antes de que las estadísticas empezaran a mostrar la elevación de su frecuencia de forma generalizada, se plantea no sólo la hipótesis de que se evitó con la nueva etiqueta la referencia a las conocidas causas, sino igualmente habría que probar la hipótesis de que las intervenciones que producen estos efectos tan conocidos y experimentados, pudieran obedecer a un plan o estrategia del sector empresarial para conseguir con ellos una reestructuración de sus plantillas a cargo de los prespuestos públicos y de la salud de los trabajadores despedidos. Como se trata de una exploración expostfacto, tan solo se podrán constatar en este estudio las coincidencias en lo hasta ahora ocurrido, para desde ellas establecer predicciones de futuro que de confirmarse, estarían probando que no se pueden rechazar estas hipótesis. Exponemos por tanto la revisión de algunas teorías que pueden demostrar las aludidas coincidencias.


1.- Capacidad cognitiva


La limitación en torno al kabalístico número 7(±2) de la capacidad humana para acceder, recuperar y/o retener información en la memoria a corto plazo ha sido ampliamente demostrada experimentalmente desde los estudios de Williams James (1890) y especialmente desde las difusiones de George A. Miller (1956) en la U. de Harvard.

Y también la generalización de este número a la limitación de otras capacidades humanas, que si intentan superarlo reducen su rendimiento y generan los síntomas consecuentes al sobreesfuerzo que vienen conociéndose bajo la etiqueta de stress. Probablemente este ancestral conocimiento empírico fue el origen del bíblico ciclo semanal, y del ciclo más habitual de horario laboral diario, dada la exigencia de descanso periódico para que el efectivo humano maximice su rendimiento minimizando su desgaste.
Las demostraciones de estas optimizaciones asociadas al número 7(±2), considerado por ello mágico y convirtiéndolo en el símbolo de la permanencia o duración infinita, sentaron las bases de la estructuración de la información en taxonomías que al ir anidándose sucesivamente, van reduciéndolo, de modo que el manejo de grandes cantidades de información añadida va empequeñeciendo la capacidad de la memoria a corto plazo. Si se relaciona este fenómeno con el descenso poblacional de esta capacidad universal, que según estudios como los de Cowan (2001) se ha reducido de 7 a 4, es decir, a prácticamente su mitad, habrá que encender la alarma social porque significa que se está reduciendo el rendimiento humano y/o provocando condiciones de trabajo bajo stres continuado.

Tampoco hace falta recurrir a ningún nuevo constructo para explicar los síndromes que los científicos han etiquetado como Stress Postraumático (PTSD) y que en algunos de sus grados viene a coincidir con los síntomas del denominado Bournout, ya que la mayoría de sus disfunciones se explican por la misma limitación de la capacidad cognitiva, que en la medida en que ocupa su reducido espacio con la necesidad de vigilar y reorganizar ambientes con diferentes grados de caos, anomia y hostilidad, por lo que exigen una continuada dedicación de gran parte de la capacidad cognitiva para comprenderlos y/o controlarlos, merman la capacidad de la memoria de trabajo obligando a realizar las tareas en situación de sobreesfuerzo continuado, incrementando con ello los riesgos de accidentes y errores (consecuencias ampliamente verificadas), además de producir los consabidos desgastes que afectan al organismo del trabajador con la larga lista de deterioros fisiológicos en gran medida irreversibles, por tener su origen en el desgaste por sobrefatiga neurológica.

Desde este procesamiento sobresaturado de la información se explican la mayoría de trastornos que se incluyen en la lista de indicadores de estos síndromes: reducción de la atención, falta de concentración, enlentecimiento de las actividades intelectuales, dificultades en la planificación de actividades y del discurso, pérdida o minorización de la memoria a corto plazo, de la capacidad de nuevos aprendizajes, reducción del autocontrol de la conducta inmediata, de los umbrales de percepción, de la coordinación motriz, menor rendimiento en actividades que conllevan creatividad, fluidez verbal, orientación espacial, desarrollo de la lógica, aplicaciones de los conocimientos y en general merma de todas las actividades relacionadas con las capacidades cognitivas en tanto que se reduce el campo de conexiones que se controlan y acceden a la consciencia, y que afectan a la medida del C.I. con la que se define una elevada proporción de la capacidad humana para muchos puestos laborales, especialmente los de mandos intermedios.

A estos trastornos se añaden los consiguientes a un desgaste de los neurotransmisores cuyo déficit y/o alteración de su equilibrio se asocia con los demás síntomas neurofisiológicos presentes en el PTSD y que habitualmente se etiquetan como trastornos de la conducta o de la personalidad.

Se demuestra por tanto desde la teoría psicológica más clásica y verificada cuales son los agentes causales de las subidas de las tasas de stress laboral: ambientes desestructurados que siendo conocido el efecto que producen y siendo también conocida y fácilmente aplicable la metodología que los evita, como son el análisis de tareas , su adecuada asignación para garantizar no sobrecargar discriminadamente a ningún trabajador y su gestión a través de los diferentes métodos que optimicen los recursos humanos y los consiguientes beneficios empresariales , no dejan lugar a hipótesis alternativas para explicar como las decisiones que inician la cadena causal de estos efectos está en que el desgaste humano tiene para los empresarios un coste relativo inferior actualmente, al que tenía cuando fueron regulados los ciclos de descanso para mantener sanos y en su nivel de actividad óptimo a siervos y esclavos. En cualquier caso, ninguna hipótesis alternativa a ésta contará con más de un siglo de experimentos que la valide.

Los efectos de la violencia psicosocial y los que vienen etiquetándose como Burnout quedan por tanto explicados desde la más clásica psicología experimental. La explicación de cómo se ha producido el desequilibrio entre la oferta laboral y la demanda para devaluar el capital humano hasta hacer más rentable su desgaste y sustitución que su mantenimiento, la encontramos en los análisis socioeconómicos y en el de las políticas que han permitido esta pérdida del valor de la parte de la humanidad que compone el mercado laboral. Y por ello de las condiciones de trabajo y de las prevenciones sanitarias que constituyen el eje de los DDHH.

Situación que en líneas generales podría llegar a equipararse a un consumismo del mercado laboral que al incrementar la escala de su oferta mediante la triada compuesta por la emigración, la eventualidad de la relación contractual y el creciente telecontrato sin regularizar ni controlar, transforma al trabajador de forma paralela a la transformación que se ha operado en los productos de consumo masivo: ciclos de vida corto o lo que es lo mismo, productos de usar y tirar. Transformación que se viene operando bajo el constructo de Capital intelectual para eludir la referencia a la persona propietaria (según estas teorías tan solo soporte) de tal capital.

2.- Del número mágico 7±2 al chunk de la comunicación de la información

Tras la segunda guerra mundial y las exigencias de reorganización cognitiva para afrontar el crecimiento del sector terciario, Herbert Simon adaptó estos modelos cognitivos de los procesos de decisión individuales a los organizativos, popularizando el número 7±2 bajo el nombre de "chunk" de datos en los que se define la comprensión y regularidad de las opciones de información semejantes o equivalentes (Simon) . Desde los estudios que inició a mediados de los 40 para encontrar los criterios que permitieran optimizar el coste-beneficio de las decisiones, definió la información como un recurso escaso y decisivo para garantizar las mejores elecciones entre las condiciones determinadas por los contextos. Y a finales de los 50 había definido las restricciones que provocan la complejidad burocrática en el acceso y utilización de la información necesaria para realizar las elecciones específicas de las actividades empresariales.

Así explicó los usos óptimos de la gestión de la información en el contexto de las organizaciones, con el objetivo de simplificar la complejidad de las elecciones, a cuyos patrones implícitos y tendencias responden las conductas de búsqueda, acomodándose y adaptándose para reducir el stress provocado por los estándares óptimos impuestos externamente. Con ello aportó instrumentos para racionalizar la toma de decisiones tanto organizativas como en la vida real.

Sin embargo la aparición del fenómeno Burnout podría apuntar a que estos conocimientos hayan podido utilizarse perversamente para provocar en lugar de reducir el stress en determinados sectores organizativos o puestos que exigen constantes tomas de decisiones.

Desde estos estudios el "chunking" consistente en dividir la presentación de la información en pequeñas unidades que no contengan más de 9 elementos de información separados, se generalizó como el principio de la efectividad en la comunicación de información y como su instrumento, considerándose esta actividad de "chunking" de la información uno de los principios cognitivos básicos desarrollados a partir de la implantación de las TIC en la década de los 90, como habilidades en el uso de datos. (Wiles, 2002) . De esta forma el límite de la capacidad de la memoria a corto plazo investigada por James a finales del XIX, se ha transmitido a la gestión de la información bajo la etiqueta de "límite de chunking", incluida la demostración de que este límite decrece a medida que crece la información. (Horn, 1997).

La utilización y generalización a diferentes aplicaciones (BBC News, 3-9-2001) de este límite de capacidad cognitiva y la consiguiente necesidad de adecuar a él los chunks de información, es indispensable en la empresa actual y muy conocidos las consecuencias de sobrepasarlo. Por consiguiente sin haberla probado no cabe rechazar la hipótesis de que el síndrome de Burnout en tanto que el stress consiguiente a una superación del límite conocido en la asignación de tareas cognitivas o en obligar a su tratamiento sin la consabida estructuración, es decir, a una superación del chunk o límite cognitivo, tendrá como responsable bien por intención o bien por omisión de una función indispensable, a quien tenga la función de gestionar la correspondiente información en todas sus facetas o en la que ha producido el problema.

De donde se sigue la exigencia de tener responsables de esta función y del análisis de tareas en los contextos de alto riesgo de desbordamiento de las exigencias de atención (como en las relaciones directas con el publico) así como instrumentos de control de que la asignación de información o tareas a cada empleado no supera el limite que define la frontera entre el rendimiento óptimo y la fatiga, stress y traumatismo neurológico. A tenor de los efectos producidos por su carencia, esta debería ser una norma de la legislación laboral cuyo incumplimiento conllevara la sanción propia de todos los actos que atentan contra la salud.

Se sigue de esta revisión una corrección del síndrome de Burnout, en tanto que se trata del trastorno OCASIONADO por la SOBRECARGA y/o DESESTRUCTURA de tareas cognitivas por encima del límite de la capacidad humana. Matiz que desplaza el agente causal desde las propias características (y aparente descontrol) del contexto, hacia los responsables de estructurarlo y controlar las asignaciones, tareas ambas posibles de realizar en cualquier contexto y que vienen realizándose para evitar sus conocidos y fatales efectos desde hace medio siglo.

La obligación de trabajar sin esta exigida dosificación es equivalente a exigir un trabajo muscular o de resistencia por encima de la capacidad muscular, respiratoria o cardiaca. Porque si es conocido el límite de estos órganos físicos, igualmente es conocida la limitación neurológica, con el agravante de que la reposición neuronal es hoy por hoy prácticamente irreversible, lo que no lo es en la mayoría de los traumas de otros órganos físicos. Debe por ello incorporarse las limitaciones de capacidades cognitivas o chunks entre los estándares que regulan el que las actividades laborales no afecten a la salud de quien las realiza.

Lo que resulta indiscutible es que tanto en éste como en todos los demás síndromes consecuencia de las diferentes violencias psicosociales que exigen al individuo una sobrecarga de la memoria a corto plazo o de trabajo por encima de sus limitaciones naturales, bien por exigirle una sobreatención, bien por tener parte de esta capacidad ocupada en la vigilancia de un ambiente hostil, de un intimidador, de la búsqueda de soluciones a conflictos continuados, de la forma de recuperar los roles y status sustraidos, y en definitiva de la estructuración del caos que provoca la anomia o de cualquiera otra actividad que reduzca su capacidad de atención natural y le obligue a cumplir con las tareas habituales en situación de stress, se está provocando un traumatismo neurológico, que es TOTALMENTE FÍSICO.

Las neuronas, sus conexiones y los metabolismos implicados en su actividad no son ni intangibles ni irreales, si consideramos las consecuencias igualmente físicas que se siguen de su deterioro, al que se llega cuando hay una violencia sociopsicológica (o mejor neurológica) continuada y probablemente en menor grado, también desde que ésta se inicia.

Por tanto la disyuntiva que el código penal establece entre efectos, lesiones o daños físicos y psicológicos, debería modificarse y en tanto se mantenga considerar que el psicológico no es una categoría complementaria que implique la negación de la otra, es decir, del daño físico, sino un nivel jerárquico superior que añade al daño físico (que lo hay en toda afección neuropsicológica), los daños morales a través de la percepción cognitiva, de las sensaciones y especialmente añade hoy por hoy la irreversibilidad de los déficits provocados.

Además de evidenciar que un ambiente desestructurado o sobreexigente de atención o de gestión de información desorganizada lo es porque alguien decide que así se mantenga, ya que todos estos problemas tienen solución y alguien siempre tiene la responsabilidad de que se utilicen los necesarios recursos para garantizar el adecuado rendimiento laboral, otra exigencia de investigar ante todo diagnóstico de Burnout las hipótesis alternativas de que exista un agente causal de tipo mobbing, bullying o bossing, se sigue de la coherencia de esta explicación del síndrome de Burnout con su alta frecuencia en ambientes donde se exige una elevada atención y constantes tomas de decisiones, pero no porque tales ambientes sean los agentes causales (los agentes causales son quienes conociendo los riesgos que supone su desestructuración, no la corrigen o hasta la generan).

Estos ambientes actuan como tests de un conflicto que afecta a la limitación de la memoria a corto plazo (LMCP), en tanto que el PTSD puede pasar desapercibido en los ambientes donde no se utiliza el máximo de la LMCP, pero no en aquellos donde se han establecido estándares de rendimiento sobre los máximos conocidos, como son los hospitales y los centros educativos.
En estos trabajos donde la atención debe ser continuada, una mínima reducción del LMCP imposibilitará el desarrollo habitual de la actividad laboral y serán por tanto los ambientes de máxima detección de estos trastornos, que en actividades de menor exigencia cognitiva podrán no afectar a los niveles de rendimiento medidos a través de standares no cognitivos y por ello no serán detectados. En este sentido el síndrome de Burnout podría identificarse co

mo un indicador de la existencia de un PTSD..


3.- Permanencia temporal de la motivación

Si además consideramos que las investigaciones con parejas sitúan la duración de la pasión no realimentada en un promedio de 5 años (Guiddens, 1992 ) , habrá que establecer alguna limitación en la capacidad de mantener la motivación y el interés propios de la fase de "drive" definida por la curva de Yerkes-Dodson, en un periodo de tiempo que de nuevo remite al número 7±2.
Tras este periodo y si no media una promoción interna o algún otro estímulo laboral, el declive motivacional que acompaña a la saciación de toda reiteración monótona, aparecerá como una versión a largo plazo de la capacidad de retener en este caso el interés que garantiza la activación neurológica asi como las consecuencias de una superación del límite de dicha capacidad demostradas por otra de las leyes psicológicas más universales.

De forma que si la empresa niega la promoción o cambio a un trabajador no podrá eludir la culpabilidad del stress que se provoca al obligar a mantener una actividad bajo mínimos motivacionales, porque está ampliamente validado experimentalmente que cuando las exigencias superan la zona del drive aparece un stress cuyo incremento puede incluso llegar a provocar el suicidio .
Es obvio que de nuevo este efecto podrá ser compensado con otras motivaciones desarrolladas en paralelo con un trabajo desmotivador cuando las tareas no saturen la LMCP, pero será imposible mantener la doble motivación si las actividades exigen una dedicación cognitiva máxima, como las que se realizan en los sectores donde estos diagnósticos son más frecuentes.

Así pues, si los efectos que conlleva la fatiga laboral en ciclos cortos (en torno a 7+1 horas diarias y 7-1 días semanales) y en ciclos largos (en torno a 7±2 años) son conocidos, y dado que esta curva de activación y mantenimiento de la motivación (y del consiguiente stress si se mantiene más allá de su límite) es el fundamento de toda la psicología organizacional y comercial, resulta necesario falsar la hipótesis de causación intencionada antes de rechazarla, especialmente si los efectos se diagnostican de forma reiterada en ambientes clínicos y docentes, que es donde se atienden y difunden estos conocimientos.

4.- Cambio de cultura empresarial

Otro indicador de que los efectos provocados son bien conocidos por quienes fuerzan a permanecer en los mismos puestos laborales a las víctimas, impidiendo su cambio o promoción, es la amplia cultura de Calidad Total que ha precedido a este fenómeno, y que por orientarse hacia la optimización del rendimiento a través de la motivación laboral contaba como principio capital con la reubicación de los trabajadores para garantizar la integración grupal de todos.
Los cursos de calidad total fueron muy desarrollados en los ambientes hospitalarios, y desde esta cultura de la gestión, el Burnout es un indicador de Anticalidad Total. Ahora bien, si los méritos de elevar los índices de calidad son motivo de incentivos para los gestores ¿por qué criterio no se les responsabiliza cuando tales índices bajan?

Este cambio de cultura empresarial que ha pasado del "milagro japonés" al despido libre mediante tecnologías psicológicas que taimadamente provocan la dimisión, modificando el "caiga quien caiga" por el "como caiga" en procesos de auténticos genocidios de todo aquel que ocupa un puesto laboral del que por diferentes motivos se le quiere desplazar, se está costeando a cargo de los presupuestos públicos que pagando los costes de enfermedad y absentismo laboral primero y paro después, además de los costes jurídicos y otros colaterales, está sufragando la reestructuración de plantillas de las empresas privadas y acrecentando el presupuesto dedicado a las públicas.

Tal cambio de cultura empresarial no deja de estar asociada a los cuatro jinetes de la globalización, que han desequilibrado la relación entre oferta y demanda de empleo. A saber: los ríos de emigración provocados por la extrema pobreza, desorganización y violencia a la que han sido sometidos los países del Sur; la AUSENCIA de marcos legislativos internacionales para controlar la telecontratación; la liberación al agente contratador de tener que garantizar la estabilidad laboral y la dependencia político-económica con la consiguiente de la mayoría de instituciones cuyas funciones son mantener el control y salvaguardar los derechos de la población y que sin embargo están én muchos casos institucionalizando la anomia.

Los resultados son una libertad de la empresa para ampliar su mercado de contratación que por ello se abarata y le motiva a rescindir los contratos concertados anteriormente por cualquier medio, incluida la tecnología psicológica anteriormente revisada, que si bien permite mejorar la calidad de vida, igualmente la permite empeorar dependiendo, como en las demás tecnologías, del uso que de ella se haga.
Tales intereses empresariales coincidentes con las elevaciones de las tasas del desgaste y stress laboral que se bautizó como Burnout, levanta la sospecha de que se procedió como tantas veces a una construcción falseada de la realidad social, al eludir intencionadamente la referencia a las causas que lo estaban provocando merced al recurrido innatismo y efectos de generación espontánea para impedir analizar la situación con todos los componentes e intereses causales.


5.- Análisis bibliométrico.


De hecho cualquier análisis bibliométrico evidencia que según se va acelerando y ampliando

la intensidad de los procesos que conlleva la globalización, se están ya autoalimentándo y situando a los acosadores del final de la cadena en potenciales puestos de acosados, con lo que se empiezan a hacer transparentes causas antes más cuidadosamente maquilladas. Es así como los conceptos de mobbing, bullying, bossing y demás importaciones de diagnósticos de acoso, apuntan cada vez de forma más concreta hacia los agentes causales, que van así perdiendo la indefinición y consiguiente anonimato en que los ha mantenido el constructo Burnout.
Así lo prueba el hecho de que actualmente en la bibliografía internacional los estudios se desplacen cada vez más hacia la tipología causal de la organización en la que enferma el afectado.
No es ajena esta transparencia y a la concentración de este fenómeno en torno al funcionariado el abaratamiento de los costes del despido libre directo, que al reducir la utilidad del uso perverso de las tecnologías psicológicas para obtenerlo indirectamente, las ha ido relegando a las administraciones y universidades, donde el objetivo de control de las plazas y puestos exige el desalojo de quienes las obtuvieron legítimamente que todavía no puede realizarse de forma directa.

6.- Validez metodológica.

Dadas las coincidencias y repeticiones mostradas por las estadísticas, en las que las tasas de estas anomalías se han modificado en covarianza con los intereses anteriormente citados, la investigación de factores relacionados con tales cambios en las distribuciones de estos datos resulta imprescindible, porque no soportan la apelación a la aleatoriedad del fenómeno que lleva implícita el término Burnout.

Y como para admitir un modelo hay que probar que se ajusta mejor a la realidad que sus alternativos, la imposibilidad de rechazar la hipótesis de que muchos de los diagnósticos de Burnout ocultan un diagnóstico de violencia psicosocial o acoso institucional o personal, en tanto que no ha sido falsada, exige el reanálisis de los diagnósticos de Burnout para probar si hubo o no agentes causales con diseños que garanticen su adecuado control. Sin este proceso las suposiciones que sitúan las causas de este síndrome en referentes etéreos o en la propia organización (cuyas caracaterísticas son las que sus gestores deciden que sean), no son válidas, por no haber sido convenientemente demostradas ni probadas.

En definitiva el concepto de Bournout niega el principio físico de que toda reacción responde a una acción y supone por ello la aceptación de la generación espontánea de fenómenos tan complejos y homogénos además de generalizados como son el conjunto de síntomas que se repiten en todos los casos, ocultando la relación causal que durante un siglo se viene demostrando científicamente.


7.- Consecuencias jurídico-normativas.


Lo que está en juego en la elección de utilizar un término que implica efectos sin culpables que lo causen (Burnout) o con agentes causales y por ello culpables (Acoso y equivalentes), son las consecuencias que se seguirán en la sentencia. Apelar al constructo de Burnout en lugar de elegir el de Acoso conlleva:

i) Se siguen con esta estrategia de enfocar como involuntario lo que a la luz de los conocimientos expuestos, es más probable que haya sido planificado, la impunidad de los culpables al no formalizar su denuncia ni poder hacerlo una vez se ha admitido y sentenciado de forma implícita que el afectado reconoce que no hay culpables de sus daños. Con lo que se renuncia a los cargos que se pueden imputar, entre otros recursos, en base al art. 29 de la LPRL que apela a responsabilidades penales por imprudencia profesional temeraria, por mantener al trabajador en situaciones con riesgos graves o inminentes o por no utilizar los medios necesarios para evitarlos. (Gimeno 2002) .

ii) Con la impunidad de los agentes causales, la original anomia que suele haber provocado el caos organizativo o la carencia del control debido, se transforma en norma estadística, ya que seguirá repitiéndose y se impondrá como un uso lo que es un abuso, creciendo las expectativas del incremento de afectados.

iii) Desde esta situación sobran comentarios acerca de las consecuencias sociológicas, que van más allá del mantenimiento de ambientes de alto riesgo y grave toxicidad psicolaboral (art. 14.1 de la LPRL), porque taimadamente se está dualizando la sociedad y destruyendo el estado de derecho desde todas las organizaciones en las que se institucionalizan estas agresiones psicosociales en absoluta impunidad y sin instervenciones ni preventivas ni remediales.

iv) En cuanto al afectado, al aceptar este diagnóstico está renunciando a reclamar indemnizaciones y otros beneficios asignados a los afectados por despidos improcedentes o a los que sufren daños derivados del trabajo (art. 4.3. de la LPRL), tanto los actuales como los que en un futuro se pudieran determinar. Y siendo la edad media de los afectados previa a la jubilación, se podría quedar sin los derechos a la misma por haber enfocado su problema como causado por sus propias características en lugar de hacerlo por las de los responsables de la psicotoxicidad del ambiente laboral.

v) Renuncia a reclamar la reposición de los derechos como el puesto laboral y las funciones sustraídas por los culpables, al admitir una incapacidad para desempeñar las tareas que le han asignado inadecuadamente a su puesto o función y que por tratarse de una limitación universal, generarán la misma incapacidad en todo aquel a quien también les impongan me

tas imposibles.

vi) Se seguirá el etiquetaje social del afectado como persona con factores de riesgo y escasa resistencia, lo que le limitará su futuro profesional y en consecuencia sus relaciones sociales y probablemente familiares.

vii) Se seguirá un deterioro de su salud mental y física por ocultarle las verdaderos motivos de su problema y con ello impedirle la adecuada orientación terapéutica, como una indefensión más añadida, de donde no solo se le sustrae su legítimamente ganada calidad de vida, al sumirlo en una dantesca insatisfacción vital, sino también una probable reducción de sus expectativas de vida.

Por la gravedad e irreversibilidad de estas consecuencias tanto para los afectados directos como para la organización y la propia sociedad que ya empieza a sentir la repercusión de este problema social, cuyo pronóstico si no se consigue controlar es catastrófico por la escala global en que se ha presentado, se recomienda una gran cautela y análisis de las consecuencias que se siguen de las diferentes modalidades que se están dando a la hora de elegir la etiqueta de diagnóstico, razón por la que los comités científicos internacionales han consensuado la denominación de Disfunciones por Stress Postraumático (PTSD) y que por inexplicables razones no se está aplicando en este país.

E igualmente se recomienda incrementar los sistemas de detección y prevención así como exigir a quienes corresponda, las garantías de que se van a controlar todas las organizaciones y en su defecto, aquellas en las que aparezcan afectados, con los medios que se sabe pueden frenar la incidencia de esta epidemia social, que es perfectamente controlable, tal como demuestra la amplia investigación psicológica de la que aquí tan sólo se han citado los inicios de las líneas que han demostrado ampliamente como las situaciones incluidas como causas en el concepto de Burnout, no son sino los efectos de decisiones que han optado por generar estos problemas en lugar de elegir las conocidas opciones que los habrían evitado.

En consecuencia, la dimisión de quienes así lo han decidido alli donde se han provocado PTSD o cualquier otro efecto de violencia psicosocial, es la primera medida que habría que exigir para detener esta depredación de unos humanos por otros.



María Dolores Peris
Catedrática de Sociología - UB.
Mdperis@yahoo.es


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