Cero Desprecios
ALFREDO MUÑIZ ECONOMISTA Y AUDITOR
28.12.2008
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Aunque la justicia indemnice a los que sufren acoso laboral, el daño psicológico jamás se compensa
Rico y de repente, no suele ser santamente?, y menos aún en tiempos de recesión. Gracias a internet afloran cada día chanchullos vinculados a la política y al tráfico de influencias. Como botón de muestra hace unas semanas recibí un correo electrónico con información confidencial sobre un supuesto caso de corrupción. Prefiero no dar detalles porque toda información debe ser contrastada y cualquier persona es inocente hasta que no se demuestre lo contrario.
Ante la grave situación, llamé por teléfono a uno de los protagonistas de la «noticia», quien me relató desde una clínica en Navarra que acababa de sufrir un amago de infarto. Las tensiones y el estrés laboral fueron, previsiblemente, los desencadenantes de aquel delicado estado de salud. La voz llegaba con un cierto tono de decaimiento. Enseguida recordé las teorías del psicólogo sueco Heinz Leymann y emití un diagnóstico: «En las sociedades de nuestro mundo occidental, el lugar de trabajo constituye el último campo de batalla en el que una persona puede matar a otra sin ningún riesgo de llegar a ser procesada ante un tribunal».
A día de hoy, me informan que el achaque no paso de un mero susto, pero aún quedan muchos flecos sin aclarar. El otro día compartí conversación con un alto ejecutivo de una multinacional implicada en el asunto -en presencia de una relevante representación del socialismo asturiano-; éstas fueron las calificaciones emitidas hacia el presidente de la insigne institución: «Es un ladrón, un corrupto».
En realidad, aunque relevantes personajes opinan lo mismo y conocen los chanchullos, nadie se atreve a denunciar las irregularidades; unos coaccionados por el temor a la pérdida de «confianza». Otros por no meterse en líos o por miedo a perder su puesto de trabajo. Vivimos un pulso de David contra Goliat.
La crisis ética es algo innegable en nuestra sociedad, situaciones en las que «todo vale» se convierten en cotidianas. Con tal de obtener el mayor beneficio económico o un mayor prestigio social, no importa destrozar la vida de una persona.
Ante los hechos expuestos me atrevería a calificar la situación de «mobbing». El anglicismo se define como una situación en la que se ejerce una violencia psicológica extrema, de forma sistemática y prolongada, con la finalidad de destruir la reputación de la víctima, perturbar el ejercicio de sus labores y lograr que finalmente abandone la empresa.
Por desgracia se puede actuar impunemente, imponiendo condiciones laborales nefastas o provocando situaciones intolerantes. Desprestigio, persecución, rechazo, marginación frente a desorientación, impotencia, ansiedad y depresión.
La historia suele terminar con un final amargo; generalmente resolución del contrato de trabajo. Los más fuertes llegan a un pacto con la empresa, negociando su salida. Y en casos de corrupción el tema se puede saldar con un cambio de responsabilidades, los trapos sucios se lavan en familia? En definitiva, nos encontramos ante una forma de «despido» cruel, lenta y penosa.
El coste de estas actitudes es muy negativo para la empresa y para el afectado. Por un lado se traduce en absentismo, menor rendimiento y un mal clima laboral. Las consecuencias llegan a la familia, debido al estado de ansiedad y depresión. Las personas bajo estado de «mobbing» tienen mayor riesgo a sufrir accidentes, enfermedades, arranques emocionales y, en casos extremos, trastornos paranoides o suicidas.
Además, este tipo de situaciones provocan cambios de conducta en el individuo. Unos empiezan consumiendo más café, otros buscan remedios en pastillas, intentan olvidar con el alcohol o evadirse con las drogas. Los hay que se hacen adictos a la nicotina o saquean la nevera para calmar su ansiedad. Sea como fuere, muestran una mayor excitabilidad, insomnio y pérdida de estabilidad emocional.
Aunque la justicia indemnice al acosado y le dé la razón, el daño psicológico jamás será recompensado. El dinero no soluciona los problemas morales, las cicatrices después de años de acoso son difíciles de borrar. El apoyo de la familia y los amigos es fundamental, para evitar que el acosado se encierre en sí mismo; pero en la mayoría de los casos no se acude a las raíces.
El acosador suele ser una persona que ostenta poder y pretende que su víctima se autoexcluya en su propia organización. Las causas de esta conducta son muy variadas: unas veces son consecuencia de falta de organización, mediocridad o afán de liderazgo. En otros casos, es fruto de envidias, causas psicopáticas, perversidad o corrupción.
El acosador suele chocar con alguien mejor capacitado, a quien critica cualquier iniciativa. El agresor no tiene ningún sentimiento de culpa, incluso llega a adoptar actitud paternalista, tratando a adultos como si fueran infantes.
Paradójicamente, el perfil típico de un acosado es el de una persona íntegra, que defiende los valores, la justicia y la ética en los negocios. Suele estar muy capacitado, tener un gran sentido del compañerismo y ser un excelente trabajador, apreciado por todos, independiente y con iniciativa. Sin embargo, al ser personas brillantes se convierten en envidiables y peligrosas para el agresor, que teme perder sus cuotas de protagonismo. Sobre todo, si proponen cualquier tipo de reforma. Cualquier cambio es considerado una amenaza. Por el contrario, también son blanco fácil para un acosador las personas vulnerables sobre las que el agresor puede descargar sus propias frustraciones.
Según el «informe Cisneros», los autores de maltrato psicológico en España son jefes o supervisores en un 70,3% de los casos. Este tipo de acoso es conocido como «bossing»; en un 26% el hostigamiento ocurre entre compañeros del mismo rango y en un 3,5% son los subordinados los que acosan a sus superiores.
Por último, reseñar que es necesario recoger evidencias durante más de 6 meses para demostrar ante la Justicia que se ha sufrido acoso psicológico en el trabajo. La excelencia en la gestión no supone solamente cero defectos del producto o servicio, ni cero vicios en la I+D+i, sino también cero desprecios.
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