«Es fuerte decir que te acostumbras a que te agredan»
Manu Mediavilla
12.05.2008
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Ángel F. relata los diez años de acoso escolar que le hicieron irse de su ciudad
Mientras algunas autoridades y portavoces educativos desdramatizan el acoso escolar, las víctimas señalan que el debate no puede ser solo estadístico. «Cuando te están agrediendo, las cifras dan lo mismo: lo que quieres es que te ayuden», recalca Ángel F. desde su estrenada mayoría de edad, que le permite contar públicamente sus diez años de sufrimiento y reflexionar en voz alta sobre la «cadena de violencia que hay que parar». «Todo empezó por el pelo largo, con los típicos motes», recuerda durante una Jornada sobre el acoso escolar y los medios de comunicación, celebrada en el Colegio de Psicólogos de Madrid.
Tenía apenas 6 años, y sus «profesores no le daban importancia», convencidos de que «con la edad iría cambiando» la situación. Pero no. «Fuimos creciendo, mis agresores y yo, y las agresiones se hicieron más fuertes y cada vez más continuadas». Más que los puñetazos y moratones, le dolía el daño psíquico de verse arrinconado a la fuerza: «Es muy duro salir al recreo y escuchar que no puedes jugar al fútbol». Y tanto o más aún que «sepan la chica que te gusta y te peguen y humillen delante de ella».
Dos tipos de profesores
Su examen al claustro es severo. «Hay dos tipos de profesores», rememora. Por un lado, «los que ven el problema e intentan ayudarte», hasta que la escasez de recursos les hace abandonar ese esfuerzo. Y por otro, «los que van a la escuela a sobrevivir y prefieren ponerse de parte del agresor», por temor a que «todos los agresores se le echen encima y le hagan imposible dar clase». En esas condiciones, reflexiona: «¿Qué va a hacer un niño que se siente solo? No tiene salida. Yo lo he vivido. Cuando eres víctima, lo que quieres es que te ayuden». «Los consejos no sirven para nada; en ese momento no escuchas a nadie, estás cerrado en banda y con la autoestima destruida», añade.
Como en otros casos, las agresiones «salieron del instituto y se extendieron por el pueblo», hasta dejarlo -bajo amenaza de recibir una paliza si salía- «prácticamente enclaustrado en casa» con sus padres. Los ataques se irían ampliando poco a poco al resto de la familia, mientras la recomendación del colegio de denunciar el asunto quedaba desvirtuada por el pronóstico de que «no iban a hacer nada a los agresores porque tenían menos de 14 años». Peor aún, todo ello les hizo crecerse y mostrarse «como si tuvieran un trofeo, orgullosos, con una excusa para vengarse».
Exilio forzoso
La situación «llegó a ser insoportable» y acabó forzando un auténtico exilio por acoso de la familia, que tuvo que trasladar su residencia a otra población a 200 kilómetros de distancia. Ángel está contento de haber «rehecho su vida» lejos de aquel infierno vital y de haber encontrado nuevos «amigos de instituto que son una pasada», pero, mientras se señala expresivamente la cabeza, confiesa que «el recuerdo te queda aquí». «Sigo con pesadillas, nervioso, sin poderme concentrar en clase. Han sido diez años, y es fuerte decir que te acostumbras a que te agredan», relata.
No se trata ni de un asunto de cifras, ni tampoco de casos individuales. Porque, como subraya él mismo, «no es solo el acoso escolar, sino que todos los problemas de violencia van unidos».
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