BULLYING: EL ACOSO DEL SUJETO
José R. Ubieto
13.11.2006
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El debate actual sobre el llamado bullying pone sobre la mesa diversos interrogantes, algunos sobre su “novedad” y otros sobre su alcance. Es un hecho que no se trata de un fenómeno reciente si bien todos los estudios parecen coincidir en un aumento significativo en los últimos tiempos. También parece cierto que corremos el riesgo de hacer un uso indiscriminado del término que propicia luego algunas predicciones a largo plazo que nos recuerdan la tesis, tan extendida en la psiquiatría americana y según la cual los niños hiperactivos (otro cajón de sastre!) no medicados desde la primera infancia son futuros delincuentes. O el intento de creación, en la vecina Francia, de un carné de salud mental para todos los escolares y desde los primeros años donde anotar cualquier incidencia (por leve que sea) con afán de predecir posibles conductas asociales en la adolescencia y juventud.
No queremos, con esto, negar la realidad del acoso escolar. Nos interesa más bien preguntarnos por las razones de estos hechos en nuestra civilización. Sin ánimo de exhaustividad podemos aportar 3 causas a considerar.
Una primera transformación social es la sustitución del concepto de Autoridad, como vector social y relacional, por el de Seguridad como metavalor. La violencia se sitúa, pues, como respuesta a una cierto declive de la imago social del Amo (maestro) que da paso a una lógica de red y a una victimización horizontal. Ante el riesgo de convertirse en víctima hay que situarse en el otro “bando” (acosador y espectadores mudos).
Una segunda transformación está relacionada a la función de la mirada como fuente de ese goce, multiplicado por los gadgets modernos. El intercambio creciente, entre los propios jóvenes y a través de todo tipo de medios digitales (internet, mobiles), de imágenes relativas a peleas y agresiones junto a la proliferación de reality shows donde no escasean estos actos y/o su relato confirman que la violencia, hoy, no es pensable sin su representación que incluye la escena misma y la fascinación que produce entre unos (actores) y otros (espectadores).
Finalmente, pero no por ello menos importante, encontramos la crisis de las identidades sexuales . ¿Cómo encontrar una referencia para la masculinidad o la feminidad? . Esta pregunta, vital para todo joven, ha encontrado respuestas más claras en otros otros momentos donde se ofrecían sin ambigüedades un perfil claro de los tipos sexuales, una respuesta a las preguntas de cómo ser un hombre o como ser una mujer. Ahora constatamos una crisis en la masculinidad, rebote del propio declive de la imago paterna y un aumento de los estilos viriles entre las feminas. Un dato interesante, que aparece en varios de los informes recientes, es el hecho de son los chicos los que manifiestan haber sufrido más abusos y vejaciones sexuales que las chicas. Y otro dato también relevante es que se observa un aumento de las conductas agresivas, por parte de las chicas, que se suman a las ya clásicas de la difamación o rechazo de otras compañeras.
Esta dificultad no es ajena al fenómeno del acoso escolar donde cada uno corre a asegurarse su inclusión en un grupo para evitar ser excluido por “raro”, “friki” o “pringao”. La violencia ejercida contra aquellos que por una razón u otra se presentan (o son designados) como “deficitarios” (gordos, sin ropa de marca, inmigrantes, homosexuales,..) o bien como extravagantes se justifica, paradójicamente, en la defensa de un puritanismo exacerbado ante los signos de esa falta en el Otro.
Los acosadores y sus espectadores se refugian en la demanda de una mayor homogeneización de los estilos de vida, en la preferencia por los signos normativos (“ser como los demás, normal, como todo el mundo”). Comparten un imaginario (vestimenta, peinado, ..) del cual quedan excluidos, separados los raros, aquellos que encarnan, más que otros, la diferencia extraña y provocan por ello el odio, burla y acoso. El pánico de verse segregado de ese espacio compartido (pandilla, círculo del patio, chat,..) y de los beneficios identitarios que conlleva hace que el sujeto se anticipe en su definición por temor a ser rechazado. Por ello el bullying plantea siempre un ternario formado por el/los agresor/es, la víctima y el grupo de espectadores, muchas veces mudos y expectantes. Sus testimonios resaltan su deseo: callar y aplaudir para no ser víctimas, ellos también.
Para concluir podemos decir que el acoso es pues una forma de sustraer al sujeto su “síntoma” particular, aquello que aparece en él como rareza, signo de alteridad, para promover así la uniformidad de la satisfacción, ser como los demás. Por eso la función de la injuria (insultos, motes,..), tan presente en todos los casos de bullying, es decisiva ya que apunta a la identidad de ese sujeto que por su particularidad se opone (aunque sea involuntariamente) al conjunto. El acoso lo convierte en un resto, un desecho, de allí que en algunos casos extremos, el suicidio aparezca como la única vía para restituir la dignidad humana.
(Una versión más extensa de este artículo se encuentra en el núm 47 de la revista Freudiana, pp. 39-47)
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