EL ACOSO EN LAS AULAS. LA FALTA DE CONCIENCIA COMO SISTEMA
Pedro Rodríguez López. Doctor en Derecho
14.10.2005
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Porque no es cosa fácil de determinar
cómo y con quién, y en qué cosas, y cuánto tiempo se ha de enojar uno, y hasta cuánto lo puede hacer uno rectamente, y dónde lo errará.
ARISTÓTELES.
I.- INTRODUCCIÓN
La violencia rodea todo lo que toca el hombre. La violencia es el centro del hombre.
En este momento no pretendo hacer un análisis sobre el acoso en las aulas, ni jurídico ni técnico, mi intención es menor y, tal vez, de mayor calado, mi intención es determinar hacia donde nos dirigimos.
El mundo de la justicia ha estado construido y dirigido por y para las personas adultas. La presencia de los niños delante de los tribunales de justicia ha sido y aun lo es, en términos relativos escasa y perturbadora. El aumento durante los últimos años de los procesos por casos de malos tratos a la infancia y de abuso sexual de menores y consecuentemente la necesidad de que los menores se incorporen en estos procesos ha generado entre los profesionales una conciencia de los problemas que plantean de la relación entre los menores y el sistema judicial .
No obstante, parece ser que al mundo de la justicia no le importa en demasía los problemas de acoso que puedan soportar los menores.
Durante mucho tiempo, tal vez demasiado tiempo, he dedicado mi vida a estudiar la responsabilidad desde el punto de vista jurídico, en un intento, quizá algo triste e ilusorio, de conseguir que el sistema acabara funcionando y quien generara un daño o perjuicio asumiera el deber de soportarlo.
Abandonado mi primer y mi segundo periplo formativo, inmerso de lleno en el tercero - pues la formación es y siempre debe ser continua - con el tiempo, me he dedicado a estudiar supuestos de acoso, porque siempre he sentido que el acoso a otras personas es el peor de los males que se puede infligir, pues las actitudes como las que luego describiré minan a la persona hasta convertirla en una mancha.
Cuando me planteé escribir una monografía sobre el acoso escolar mi intención era dar soluciones aceptables a problemas urgentes, problemas que serían la base de lo que pensaran los adultos del futuro, nuestro futuro. Cuando acabé mi trabajo me di cuenta de la envergadura del mismo, y me sentí reconfortado por haber podido construir un sistema susceptible de ser utilizado por todo aquel que se sintiera acosado.
Tristemente, aunque soy un autor de reconocido prestigio y toda monografía que he escrito hasta la fecha ha sido inmediatamente publicada, incluso una monografía sobre el acoso moral en el trabajo, cuando las editoriales se enfrentaron a la publicación del libro sobre el acoso en las aulas todo fueron reticencias y rechazos, porque, como he podido comprobar, el tema no interesa en absoluto a aquellos que debería interesar, esto es, tanto a la Justicia (entre los que incluyo a los abogados) como a la Administración.
Así, analizado el tema, las editoriales, una tras otra, decidieron que no era una materia de interés para el mundo jurídico. Siendo esto así, se me planteó un solución, si nadie estaba interesado en el tema, no iba a ser yo el que cambiara la situación. Por ello, tal vez debería abandonar mi preocupación y dejar que el mundo siga como hasta ahora.
Tal vez la cuestión fundamental se centre en ese tema específico. Tal vez he olvidado, igual que lo hace mucha gente, que la base de un sistema está en el comportamiento humano mismo, no bastando componer el régimen jurídico con normas más o menos protectoras, pues si el destinatario de las mismas no es capaz de asimilar e integrar en su comportamiento las normas en cuestión el sistema queda vacío de contenido, y los que tienen que aplicar las normas se ven en la obligación de ignorar sus predicamentos en aras de mantener la paz social real.
Los elementos culturales cohesionan al conjunto social y, al mismo tiempo, lo identifican. Cuando todavía el territorio no es un elemento integrador de la comunidad política, ésta se define por la adhesión a ese conjunto de elementos culturales, entre los que se encuentran las creencias religiosas. De esta forma la religión oficial es, tanto en Grecia como en Roma, una institución política. La adhesión a esas creencias religiosas, propias de la comunidad política, constituye un deber cívico y su infracción constituye un delito sancionado, incluso, con la pena capital .
Asimismo, existe un considerable grado de consenso entre la gente, al menos en la cultura occidental, acerca de que algunos principios son morales, y de que es prima facie moralmente bueno guiarse por ellos .
Esos principios morales se convierten, comúnmente, en reglas jurídicas, ya que la sociedad necesita de forma perentoria que las consecuencias del incumplimiento no dependan de los criterios morales de los propios incumplidores y de la fortaleza de la víctima para obligar al que genera el daño a repararlo.
Por ello, el convencimiento de la integridad moral de algunos principios es el fundamento de todo sistema. Cuando el legislador es capaz de trasladar los principios que la inmensa mayoría respeta y comprende a una norma, esa norma acaba siendo respetada y mantenida durante generaciones, convertida en verdadero sustento de la paz social y de la convivencia.
Los sistemas sociales, económicos y políticos en los que vivimos inmersos están crecientemente "estresados" . El éxito por encima de cualquier consideración es el objetivo, y para cumplir ese objetivo no tenemos más remedio que volcarnos en una persecución desenfrenada para lograrlo, una persecución en la que quien se queda parado pierde toda oportunidad.
Todos nos movemos ante situaciones totalmente desesperantes, donde las prisas, las presiones y las incomprensiones nos rodean y nos vuelven mucho más vulnerables de lo que deberíamos ser en realidad.
Nuestros valores se están viendo volcados, devorados por el ansia del consumo y por el ansia del poder y del tener. Todos acabamos deseando tener cosas que ni siquiera necesitamos, pero esas cosas muestran hasta donde llega nuestro poder, nuestro éxito, y eso sí es importante.
Nuestra sociedad, en si misma considerada, es la sociedad de la soberbia. Todos creen que son mejores que el resto y que, por ello, tienen más derechos que los demás; todos plantean sus posiciones por encima del resto, sin pensar que los otros también son seres susceptibles de tener derechos y libertades.
Además, la propia estructura social se considera tan perfecta que no admite ningún cambio ni ninguna crítica. Hasta tal punto nos hemos convertido en soberbios que existen autores que consideran nuestra sociedad como el fin de la historia, cuando, lógicamente, ese planteamiento no es ni racional ni veraz.
En nuestro sistema, las personas, convenientemente aleccionadas, son capaces de mostrarse agresivos con el resto de los mortales porque no pueden conseguir elementos totalmente superfluos o, simplemente, porque no son suficientemente rápidos a la hora de arrancar el coche en un semáforo.
En un sistema de prisas y de urgencias, todo aquél que no es capaz de convertirse en una persona agresiva es considerado como un ser desmotivado, que no puede asumir su posición en la sociedad, y es expulsado sumariamente.
Además, en una sociedad en la que el éxito es lo más importante, cualquiera que se interponga en el camino del que busca el beneficio acaba siendo arrastrado, porque la única respuesta admitida para conseguir el beneficio es la ira, la agresividad, el destruir a aquél que nos quiere destruir.
El problema esencial que planteamos está en el centro mismo del sistema. Siguiendo el positivismo jurídico podemos sostener que el Derecho es una técnica de motivación de comportamientos y que la existencia del Derecho depende de hechos sociales . El problema surge cuando el sujeto considera que las normas no tienen la suficiente importancia al momento de decidir un comportamiento concreto y no ejecuta la acción prescrita.
La excelencia profesional es un valor en alza, pero ese valor consiste básicamente, en la competencia y en la competitividad. Competencia profesional como unos conocimientos materializados en unas credenciales o títulos, una formación especializada y una dedicación eficiente. Al mismo tiempo la competencia vale poco sin la competitividad, entendida como agresividad, ambición, espíritu combativo, querer ser el primero. Ser competitivo es tan importante como ser competente.
El sistema busca la eficiencia a través de la violencia, del poder. Todos los que buscan el puesto de trabajo de su vida saben que hay muchos que desean ese puesto, por eso deben luchar, con uñas y dientes, deben ser competitivos, deben saber que la sangre de los demás no mancha lo suficiente como para sentirse culpable.
Obviamente, siempre ha existido acoso moral en la escuela. No obstante, en los últimos años se ha producido una rápida y gran difusión del término acoso moral en la escuela o bullying en diferentes medios de comunicación y publicaciones. Este hecho, unido a la creciente conflictividad judicial generada por las situaciones que lo definen y a la gran alarma social que se produce cuando menores se lesionan o suicidan ante la presión a la que se ven sometidos, evidencia la necesidad y la urgencia de afrontar las diferentes modalidades o formas en que se concreta el acoso moral, si bien la delimitación del concepto no es tarea sencilla.
Diferentes estudios en países europeos hablan de cifras tales como que un 15% del alumnado total de las escuelas de Educación Primaria y Secundaria de Noruega durante el curso 1983 - 1984 estaban implicados en problemas de agresión al menos "de vez en cuando", como agresores (7%) o como víctimas (8%) y un 5% involucrados en el maltrato más grave, cuya frecuencia era de al menos "una vez por semana" (Olweus, 1998). Los estudios de Whitney y Smith (1993) en Inglaterra a finales de la década de los ochenta referidos a niños de Enseñanza Secundaria reflejan que un 10% manifestaban haber sido agredidos "alguna vez" y el 4% "una vez a la semana", mientras que el 6% habían agredido "alguna vez" y el 1% agredían "una vez a la semana" a otros estudiantes .
Casi un 6% de los alumnos españoles han vivido en sus propias carnes el fenómeno conocido como "Bullying": que convierte a algunos escolares en víctimas de sus propios compañeros. Así :
El 90% son testigos de una conducta de este tipo en su entorno,
El 30% han participado en alguna ocasión ya sea como víctima o como agresor
Entre el 25 y el 30% de los estudiantes de primer ciclo de ESO afirma haber sido
víctima alguna vez de agresiones
El 5,6% es actor o paciente de una intimidación sistemática
El 34.6% de los alumnos reconoce que no pediría consejo a su profesor en caso de encontrarse en una situación de violencia
Sólo 1 de cada 3 de los que lo sufren son capaces de denunciarlo (33%)
El 37% cree que no devolver los golpes les convierte en cobardes.
El 40% de los pacientes psiquiátricos fue víctima de un "matón" en el colegio .
La investigación de tendencias en delincuencia juvenil revela un 38% de incremento de delitos violentos entre jóvenes en los últimos diez años, con un aumento particularmente acusado en las chicas. Se da igualmente un brusco aumento de jóvenes sometidos a procedimientos de supervisión o cautela. En EE UU - valuarte en los últimos tiempos de los valores democráticos-, en el año 1990, tuvieron lugar 23.438 asesinatos, es decir, 9.4 por cada 100.000 habitantes, que es casi el doble de lo que tenemos en España y casi tres veces más que Canadá. Igualmente, de acuerdo con el FBI (1992), la tasa de crimines violentos juveniles (chicos entre 10 y 17 años) ha crecido más del 25% en la última década, al mismo tiempo que los menores de 18 años asesinados -datos de 1994- fueron un 53 % asesinados por adultos, el 19% por otros jóvenes y en el 28 %de los casos no se sabía la edad, mientras que en la ciudad de New York los arrestos por cargo de arma de fuego se incrementaron un 73% entre 1987 y 1990 para chicos entre 5 y 10 años (New York Times, Nov., 1992). En los últimos diez años se ha triplicado en número de menores tratados en los hospitales públicos de las grandes ciudades estadounidenses por heridas de arma blanca o de fuego .
Siendo esto así, la solución esencial se fundamenta en el principio de no hacer daño a los demás . Como sucede en la mayoría de los principios, se fundamenta en una máxima esencial, tal como hemos visto, se parte del principio de no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros mismos y hacer el bien que quisiéramos recibir. La base teórica es clara. Debemos colocar al sujeto en una posición en la que, sin saber en que lugar de la escala social se colocaría, debe elegir un sistema que le convenga personalmente. La inmensa mayoría elegiría un sistema en el que nadie pueda hacerle daño, porque no sabe donde va a acabar.
Se trata de un límite que funciona, incluso, desde el punto de vista del liberalismo más exigente.
La salvaguarda del patrimonio y de la integridad de la persona es un fundamento para la vida racional, porque actuar de otra manera supone convertir el sistema en un sistema muerto, dado que la ley de la selva no permite relaciones constantes y consecuentes con el resto de los que participan de la sociedad.
Aceptar que los demás no tienen derechos no es, pues, una opción, nunca lo ha sido, y el primer derecho que deben tener es el de no sufrir menoscabos en su integridad, tanto económica como corporal o moral. El sistema que no acepta estas precisiones no puede desarrollarse de forma adecuada.
Pero esta perspectiva no debe ser solo pasiva, debe ser activa, y en esa obligación de actividad de todos es donde nos hemos quedado, como profesionales, los juristas, que no nos interesa, de ninguna manera, enfrentarnos a los problemas que no generan beneficios, como es el caso del acoso.
Siendo esto así, tan responsables como los propios acosadores son todos los que niegan una realidad y se esconden. Los que consideran que la violencia en las aulas es cosa de niños, los que estiman que no es interesante lo que no da dinero, los que miden la vida según el beneficio.
Pedro Rodríguez López
Doctor en Derecho
Jefe del Área Jurídica del Organismo Autónomo Comisionado para el Mercado de Tabacos
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