Campos de guerra
Miquel Palou Bosch
04.04.2005
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CAMPOS DE GUERRA
1.- La referencia.
Unos reporteros de televisión, de uno de estos países abandonados por la mano de Dios –cualquier de ellos: cristiano, judío, católico, mahometano, budista... -, realizaron un excelente reportaje sobre la miseria humana. La cámara se desplazó hasta Asia para observar la tragedia diaria de un mundo olvidado. Occidente parece que, con sus costosas estructuras de paz institucional –ONU : Asamblea General, Consejo de Seguridad, Corte Internacional de Justicia, UNESCO, Consejo Económico y Social, Secretaría de las Naciones Unidas y el Consejo de Administración Fiduciaria-, no es capaz de atisbar las desgracias del Planeta.
En el reportaje se observa como un sol helado ilumina el atardecer de un campamento de guerra. Las pocas madres acunan, junto a un improvisado fuego, ahogado en un viejo y magullado tonel de petróleo, a sus apáticos críos. Cerca de ellas unos pocos animales –vacas, cabras y alguna gallinácea- mueven sus esqueletados cuerpos: buscan algún trozo de raíz seca, perdida entre el árido suelo; sólo el polvo del yermo desierto llega a su olfato.
Un silencio crudo aplaca la desesperanza: no hay cólera, no hay enojo, no hay alteración del ánimo, sólo un sentimiento de apatía. “¡Si el mundo no quiere hacernos caso, mátennos de una vez, así dejaremos de sufrir!”. Le dice una anciana al reportero, mientras el cuerpo medio disecado de la mujer no puede dejar de moverse, debido quizá a alguna afección nerviosa, girando constantemente su cabeza de un lado a otro, como negando, como diciendo no a la esperanza. Y entre sus gruesas arrugas, surcos llenos de sufrimiento, pueden observarse el cansancio, de su cuerpo, de su mente, de su espíritu: está harta de vivir.
Los animales pasean callados por el campamento, mirando a sus indiferentes moradores: los viejos, que ya no pueden ser más viejos; los niños, que ya han envejecido y perdido su sonrisa; las niñas, que ya nunca serán vírgenes; y, finalmente, los espectros de los desaparecidos (varones y féminas adolescentes, ellas violadas y asesinadas, ellos obligados a coger el fusil junto a su padre; y las madres, sus pobres madres, violadas junto a las hijas, maltratadas y desahuciadas...) Sí, puede que alguna madre haya podido sobrevivir y deambule por el campamento, con la luz perdida de sus ojos, con el calor de sus pechos arrebatado... Pero casi toda la población del campo son niños huérfanos y ancianos. Todos lanzan una mirada perdida, desencantada, exhausta. Y cada día, al amanecer, los niños varones, entre nueve y doce años, empiezan a caminar hasta el pueblo más cercano (unos diez kilómetros); sólo para recoger, pidiendo, cogiendo de la basura, robando de algún mostrador abandonado, un poco de pan... Y así van llenando sus sacos. Hasta que sobre las cinco o seis de la tarde, ya con la oscuridad a cuestas, llegan otra vez al campamento, entregando los víveres: sólo pan, pan magullado, pan mugriento, restos de pan.
Y mientras la pobreza inunda el espacio y el tiempo, nuestro Occidente consume teorías prefabricadas, productos elaborados con materia prima que no le pertenece, se enzarza en discusiones sibilinas, bizantinas, presuntuosas e inútiles. Y como no puede materializar toda su agresividad, sus ansias de destrucción y perversión, manda mercenarios a los terrenos más débiles, a las regiones más pobres, para llevar la guerra a los pueblos sin ley, sin progreso, depauperados por el destino, naciones que ya perdieron su historia.
2.- El primer concepto.
No es una nueva economía, no es una corrección del sistema, no es una nueva iglesia, no es una nueva doctrina: es un nuevo valor, el de la humildad y el respeto (tanto Sócrates como Jesucristo ya nos hablaban de ello), el del temor a la muerte, el de la sencillez humana; pero, para ello, los poderosos tienen que ser los primeros en enterarse. Y para que éstos se conviertan en seres ecológicos, sólo la amplia clase media tiene también que apercibirse, a modificar sus pautas, a renovar de sus esquemas, a perder su individualismo material y pragmático. Solamente la gran masa popular, la que realmente arrima cada día el hombro, la que produce y crea verdadera riqueza, es la capaz de ayudar a los que viven con la miseria a cuestas. Sólo el pueblo productor puede enfrentarse a quien juega con el capital y transforma la economía a su antojo, a la más supina especulación.
Pero la mayoría de esta amplia comunidad, esta supuesta clase media, ha perdido la referencia de la modestia y no es capaz de observar a otra parte de la sociedad (ahora, ya, una parte del mundo), y no quiere perder ninguno de sus privilegios materiales (que considera como esenciales para la vida). Es mucho más fácil volver la vista hacia el grupo de poder, hacia este aire y este olor de fuerza, este calor enfermizo y este vigor eufórico, este hechizo embriagador que desprende el verbo poseer y el adjetivo absoluto. Parece tentador, inevitable caer en la seducción de tanto derroche de dominio, de omnipotencia.
3.- El segundo concepto.
No es que las personas sean malvadas en esencia, pero su capacidad de dominar el ecosistema, de transformar el biotopo , de crear su propio oikos , las ha llevado a algunas, desde hace siglos, a una paranoia endiablada por el poder; mientras, otras han quedado arrastradas en una neurótica colectividad; y, el resto, se ha ahogado en la miseria.
Ya, desde los grandes magnates a los subordinados y tocayos, la sociedad civilizada occidental, por mucho que haya dejado las guerras después de la gran contienda hitleriana, y por mucho que formalmente haya conseguido unas libertades políticas y derechos sindicales, parece estar comandada por el mismo impulso perverso de antaño.
Su estructura no ha borrado de sus cimientos el deseo obsesivo de invadir el alma del otro. Así, vemos que en las organizaciones como la familia, la escuela, la política o la empresa no dejan de verse las intenciones beligerantes de sus componentes. No parece existir, en general, un deseo por la colaboración, el respeto y la confianza; pero es natural: la violencia, es muy cierto, sólo genera más violencia (las guerras actuales contra las organizaciones terroristas no generarán más que un incremento del terror y de las mafias que lo sustentan)
La violencia que cada día se incuba en los distintos grupos de nuestra sociedad y que debe preocuparnos no es, precisamente, la física. Ésta está controlada y reglamentada. La violencia que la ley no tiene instrumentalizada en toda su extensión y claridad es la agresión sutil, la psicológica, esta fuerza que destruye fácilmente al enemigo, lo neutraliza, lo invade. Y esto es lo que ocurre en nuestro actual proceso de socialización, un proceso que ha querido tomar referencias de los clásicos, aprender de los errores de los grandes imperios (que por muy sembradores de monumentos y sentimientos no dejaron también de ir inyectando terribles virus de odio y rencor), pero que no hemos sido capaces, al final, de asimilar.
Así, una importante parte de nuestra comunidad vive histérica ante los desarreglos en la convivencia: en el diálogo, en esta incapacidad por entenderse, por comprender y generar empatía. Y algunos hechos que se manifiestan, como la crueldad de la violencia entre familiares, o entre amigos, o entre suministrador y cliente, o entre jefes y subordinados, o entre compañeras y compañeros de trabajo no es más que la auténtica falta de cultura para afrontar un mundo trastocado, sólo expectante ante la posesión material, lejos de la frase de Camus : “el hombre es capaz de realizar grandes monumentos, pero si no es capaz de un gran sentimiento, no me interesa”. Es un mundo, en definitiva, inventado por el hombre y lejos de los esquemas de la naturaleza... Sí, efectivamente, hay que tener una cierta capacidad eugenésica. No de la eugenesia de Francis Dalton (1822-1911), el autor de “Hereditary Genius” (1869), el inventor de la eugenesia positiva, esta teoría que resulta tan practica a los reductores de problemas, los que desarrollan esquemas funcionales de la sociedad, que quieren confirmar la perfección del sistema social; los que insisten en afirmar que quien no se adapta es porque tiene una malformación orgánica. No, en absoluto, los genomas no son indiferentes al medio ambiente. Otros autores, como el doctor Francisco Mora, neurocientífico, ha manifestado (26-10-2003, Diario de Mallorca) que nuestro genoma sólo está dirigido por un veinte por ciento de dictado biológico; el resto, depende del medio ambiente. Es decir, la bioquímica no sólo respondería a una vida entre elementos biofísicos, sino que también reaccionaría y respondería a estímulos del entorno, en la relación con los demás (emociones). Estos estímulos se traducen en descargas eléctricas parecidas a las que se generan en el campo neurológico. La diferencia entre estas reacciones y las químicas y bioquímicas es que no resulta posible la predicción. La matemática no puede tan siquiera analizar con resultado favorable la respuesta de una reacción entre estímulo no-físico y el cuerpo material del sujeto. La emoción, de momento, sigue siendo el aliento desconocido del hombre.
4.- El tercer concepto.
Por tanto, cuando observo análisis científicos referidos a establecer una clarificación sobre los conflictos en las relaciones humanas, enfocados exclusivamente desde una perspectiva del individuo, no poniendo en cuestión la estructura y funcionamiento del sistema, no puedo evitar un cierto recelo ante los métodos utilizados y las conclusiones decididas. Parece como si estas investigaciones quisieran, en realidad, enmendar el fracaso del paradigma social convenido por quienes tienen el poder para ello: estos pacientes y escondidos magnates que desde sus búnkeres dirigen “les marionettes”, bufones que convencen y entretienen al pueblo.
Por ello, en algunos ambientes como el del trabajo, no puedo estar de acuerdo con la generalización que se da (y a veces se hace de un modo genérico) a los aspectos referidos a la neutralización de un empleado por el resto del grupo. Tanto si se trata de un acoso por parte de un jefe, como si se trata de un grupo o equipo de compañeros, independientemente de que éstos estén bajo presión o no de la jefatura, entiendo que estamos ante dos culturas distintas: una, la del acosador o acosadores que se mantienen en un contexto preestablecido y alimentado por estándares de poder (no permanecer solo, estar bajo las manos de un protector, mantener o ascender de status, conseguir mayor seguridad –económica, profesional, social... -, acceder a algún tipo de liderazgo...); otra, la cultura de la responsabilidad, de la tolerancia, de los valores morales, del respeto, de la colaboración, de la humildad.
Después de darle vueltas, para mi no se trata de un problema psicológico, es un problema social que genera un problema conductual y que va degenerando en un problema psíquico y se descarga finalmente sobre el funcionamiento del propio organismo del individuo . Se trata de una lucha dura, constante, muy difícil de realizar en soledad, y cuya finalidad del (o de los) acosador(es) es la destrucción total del acosado. Algo tan malvado como esto es lo que hace pensar que no es muy diferente la violencia física (por ejemplo lo que ocurre en las guerras) de la violencia moral (por ejemplo lo que ocurre en nuestra estimada y avanzada comunidad civilizada)
5.- La operativa
Por ello, sólo llamando a la agrupación y organización de los que piensan aún en valores esbozados por algunos próceres del pasado, se podrá luchar contra este virus tan extendido y que parece no tener freno alguno. Es momento, ya, que la ciencia jurídica modifique sus esquemas trasnochados, especialmente de los planteamientos napoleónicos, y entre por fin a trabajar con la sociedad, reconociendo las nuevas situaciones y perdiendo su punto de vista unidireccional positivista (sobre todo cuando procede a eliminar la auténtica calidad de la pericia) y convierta el tribunal en un conjunto de expertos de distintas disciplinas, estableciendo también un nuevo estatuto del legislador, en función de la preparación de éste: comisiones formadas por representantes especializados junto con representantes sin especialización especifica. De tal forma que se tome un compromiso de responsabilidad extrema ante la labor de los entes jurídicos y judiciales.
Si la justicia no florece en la sociedad, todos los elementos de su organización (la escuela, la universidad, el trabajo, la seguridad social...) quedan como meros neutralizadores del desequilibrio social.
También la organización empresarial tiene sus carencias. Sus estructuras organizativas se establecen bajo criterios exclusivamente finalistas, dejando de lado los estudios de la socio-psicología humanista. Así, los diseños de los nuevos proyectistas conductuales (a veces no llevados a cabo por expertos en disciplinas de relaciones humanas, sino por los mismos especialistas en producción) se elaboran sobre perspectivas preestablecidas por objetivos productivistas.
Sobre este planteamiento ha brotado un tipo de organización estructurada únicamente en función de presupuestos financieros, apartando las variables inherentes a la calidad del producto o servicio, los cuales van ligados necesariamente a la calidad del capital humano de la empresa. En este sentido, el capital humano es quien conforma el elemento de control (imaginación, cautela y supervisión) de los objetivos de cualquier tipo de organización; objetivos, estos, que no conllevan el producto en sí mismo, sino todo un patrimonio de conocimientos y actitudes que hacen posible un trabajo coherente en pro de una elaboración socio-económica (entendiendo la relación empresa y cliente como un proceso de colaboración para, asimismo, mantener lo más indefinidamente posible el contrato –los constantes cambios contractuales por desconfianzas, ineptitudes o vehemencias gratuitas no favorecen el proceso de producción-)
La relación entre empresa y cliente debe entrar en los cauces de la cordialidad y respeto, donde el objetivo sea la relación en sí misma y la ilusión proyectista entre ambos.
Por otra parte, la relación de las distintas jerarquías del grupo de trabajo deben mantenerse, también, dentro de este tono; y saber, en el momento adecuado, cuándo la relación debe extinguirse, por incapacidad de entendimiento o por cualquier otro factor que haga verificable la falta de colaboración. Pero, siempre, entendiendo el proyecto como un proceso, una experiencia, no un planteamiento exclusivamente teleológico.
La poca claridad, las ambigüedades que se producen en las experiencias de lo expuesto antes, cada vez más existentes en el mundo económico, nos lleva a un tipo de conducta relacional y operativa que provoca situaciones críticas en la vida laboral de los individuos (sin olvidar la presión social o familiar que todo trabajador pueda sostener de por sí). Esta situación se traduce en un acoso constante a la autonomía de la persona. La falta de esta capacidad lleva, inevitablemente, a confusiones que de alguna manera despierta, como diría Karen Horney , los dispositivos neuróticos del sujeto; pero no surgidos desde la individualidad, sino desde las propias angustias y obsesiones colectivas.
Esta situación de desequilibrio, de encrucijada más o menos caótica, entre unos deseos conscientes, unos inconscientes y una información incoherente que percibe el trabajador (sea incluso el propio directivo o propietario-trabajador) provoca el trastorno ya no conductual sino psíquico. Y esta alteración da lugar a un estado de disminución de la energía, que puede mostrarse de distintas formas: alteración latente del estado emotivo, generando con posterioridad somatizaciones de distinto rango; alteración explícita de dicho estado, pudiendo provocar también dichas somatizaciones; desviaciones sexuales y/o alimenticias para contrarrestar el desequilibrio emotivo, etc.
6.- La propuesta.
Todo lo expuesto nos conduce, finalmente, a la vigilancia y prevención de las situaciones críticas. Pero no se trata de un control sanitario, sino de una supervisión de carácter social, de la relación entre los grupos y de sus componentes entre sí. Se trata, también, de los factores de organización que establecen los procesos operativos de las tareas en el trabajo. Y de la influencia que tanto el sistema relacional como el organizativo afecta al individuo, al trabajador como sujeto único.
A partir de ahí, nos encontraríamos con afecciones a las que, si bien jurídicamente estarían dentro del grupo de enfermedades no laborales, un avance científico al respecto (correctamente elaborado y asumido por las instituciones públicas de la Seguridad Social) podría transformar las enfermedades generadas por trastornos socio-psicológicos en verdaderas enfermedades laborales, cuestión esta que conllevaría un nuevo coste a las mutuas de trabajo al tener necesidad de una nueva estructura de carácter pericial y sanitaria. Estaríamos ante un nuevo tipo de peligrosidad laboral: el riesgo que provoca la propia incapacidad de los individuos a organizarse y relacionarse; sobre todo, por haber perdido la definición de su propio proyecto.
No sólo hay que recordar, pues, el coste ya existente en nuestra comunidad laboral, asumido por la Seguridad Social y por las mutuas de trabajo, sino que, además, se plantea un coste futurible a partir de lo expuesto en el parágrafo anterior. Entendiendo este coste no sólo desde un punto de vista económico, sino también social: un incremento de enfermos en la plantilla laboral de cualquier país provoca una disminución del rendimiento de la población activa, afectando este hecho a los valores del PIB.
Ya el Plan Marco de Prevención de 24 de mayo de 1999 articulaba la necesidad de establecer una serie de actividades de carácter formativo, informativo, educativo, etc. Y el AMAT (Asociación de Mutuas de Accidentes de Trabajo y Enfermedades Profesionales de la Seguridad Social) se comprometía a la elaboración de dossieres compuestos por los informes de las actividades de las distintas mutuas, con objeto de ser presentados a la Comisión Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo.
En este sentido, la labor de las mutuas debería dirigirse a la investigación de las posibles causas socio-psicológicas que en estos mementos generan estados críticos o de riesgo de la salud: falta de organización, fórmulas de acoso, etc.
Y, por otra parte, la elaboración de un plan de actuación que favorezca las relaciones humanas: me refiero a un programa dirigido al incremento de la cultura humana de los miembros del grupo, utilizando para ello las técnicas de la dinámica de grupos, la teoría del “campo psicológico” de Kurt Lewin o las tesis de Karen Horney enfocadas sobre los paradigmas culturales... A establecer, en definitiva, un programa educativo, pedagógico, dirigido a todo el conjunto de trabajadores de la empresa (directivos, propietarios, empresarios...), escogiendo como elemento ético de partida el articulo 10 de la constitución española, así como la propia declaración de los Derechos Humanos.
La insistencia en los aspectos moldeadores de la cultura humana, la frecuencia de esta actuación por parte de las mutuas, puede ser un presupuesto sustitutivo del ya establecido por prestaciones y asistencia, pudiendo llegar al descenso de éste, y sobre todo disminuir la siniestralidad:
>Presupuesto cultura >estabilidad psicológica >capacidad de organización y de las relaciones humanas >calidad del servicio o producto >calidad de vida < siniestralidad < Presupuesto de prestaciones económicas y de asistencia >Rentabilidad de la mutua >Dotación presupuestaria en formación técnica y organizativa, actividad pedagógica, asesoramiento y consultoría Perfeccionamiento Empresarial
>Mayor Implicación
Del esquema anterior se deduce que un presupuesto elaborado en función de los intereses de carácter cultural, y, por tanto, destinados a la conducta coherente de los individuos, implicaría un incremento de la estabilidad psicológica, lo que generaría mayor capacidad organizativa, que redundaría en una mejor calidad relacional, provocando un mejor servicio o producto, significando una mejor satisfacción general (económica y social) para todos los miembros de la organización. Todo ello se traduciría en una mejor calidad de vida. Y esto daría lugar a una menor siniestralidad. En consecuencia, el gasto de las mutuas y de la seguridad social, tanto en prestaciones económicas como en servicios sanitarios, disminuiría. Esta disminución aumentaría la rentabilidad de los entes de protección, haciendo posible incrementar el presupuesto de asesoramiento y consultoría. Así, la Mutua se convierte, más que en una mera entidad de protección sanitaria, en un dispositivo de control organizativo de la economía, con la facultad de auspiciar los incidentes que pudieran materializarse por accidentes o enfermedades.
Por tanto, se trata de una propuesta de trabajo. Se trata de que los entes responsables tomen conciencia de su poder de acción y de su función, hasta ahora positivada en controles de tipo sancionador, de presunciones de mala fe empresarial y/o laboral y de responsabilidades sustentadas sobre normas abstractas e indefinidas. Se trata que, la Inspección de Trabajo, la Seguridad Social y las Mutuas tomen en serio su papel de una forma científica y asesoren, organicen, promuevan y prevengan directamente en los centros de trabajo; ayuden, en definitiva, a las organizaciones. Esto, evidentemente, supone un profundo cambio de los esquemas establecidos y los métodos enquistados, de la mimética burocrática y de los protocolos caducados. Pero, esta exigencia, no es en absoluto una utopía. La región Escandinava ha conseguido mucho al respecto y puede servirnos de modelo. Quedaríamos asombrados si diéramos un vistazo a la organización sueca, noruega, danesa, holandesa o finlandesa. Se trata, únicamente, de la buena predisposición, de la auténtica voluntad en querer hacer las cosas lo mejor posible.
Palma, 12 febrero de 2005
Miquel Palou Bosch
Referencia:
www.anamib.com
http://perso.wanadoo.es/rpaccino/colaboraciones.htm
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